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En su poema Las Palabras, Pablo Neruda hace una oda al lenguaje: «Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema… Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas…»

El idioma castellano tiene un sin fin de bellos fonemas y a lo largo del tiempo se han calificado de distintas maneras. Cuando se le da un adjetivo cualitativo a una palabra, tal como bello u horroroso, se comete un acto totalmente subjetivo, no obstante, existen diferentes concursos para cibernautas, organizados por instituciones como la escuela de escritores de Madrid o el Instituto Cervantes, cuyo principal objetivo es cualificar la belleza de las palabras.

¿Qué sería de la literatura sin la belleza de las palabras más hermosas?; lo que más me asusta es la literatura sin el horror de las palabras más desagradables. Una de las técnicas narrativas que se utilizan en la creación literaria es escoger una serie de palabras que nos disgustan fonéticamente o por prejuicio inclusive. La técnica consiste en escoger de cinco a seis palabras que sean horrorosas, y a partir de ellas elaborar una historia de amor. La otra parte de la técnica tiene como objeto seleccionar las palabras que sean más agradables y con ellas se escribe un cuento de terror. Esta técnica ayuda a que se trabajen ambos hemisferios del cerebro. A continuación, presentaré la primera parte de este trabajo: una historia de amor con palabras desagradables asignadas por mi compañera del taller de escritura creativa.

Humanofilia

Hace algunos años, solía vivir en una lejana aldea a las afueras de Londres, donde una vez existió una colmena de abejas, con gran ímpetu de trabajar y colaborar. Formé parte de esta familia de insectos, fui una integrante de la abejera. Era un panal oscuro y silencioso, me encontraba habitando un entorno que se distinguía por la monotonía del trabajo y la dulce humedad de la miel.

Con el pasar de los días la vida se me extinguía, la flama de mi vitalidad se me apagaba con cada tarea rutinaria, incluso el brillo de mis alas se desvanecía gradualmente: a las seis de la mañana salía al campo a recolectar el polen; recorría todo el campo de flores hasta encontrar las más bellas, de las cuales escogía tres; succionaba su grano y regresaba al hogar común, siempre antes de las seis de la tarde, no podía llegar después, la colmena se cerraría y mi vida encontraría su fin en la helada oscuridad de la noche.

Las instrucciones de los mandos superiores retumbaban en mis tímpanos: ¡Deposita el polen! ¡Limpia los paneles! ¡Sube con la Reina! ¡Baja! ¡Corre! ¡Trabaja obrera! Vivía tan cansada de obedecer órdenes arbitrarias, el tedio le restaba sabor a la vida, me había quedado sin aspiraciones, sin pasión, sin fe. Lo único que deseaba en ese momento era morir, pero para eso también me hacían falta muchas agallas.

Entre mis paseos diurnos, una tarde me perdí, el miedo comenzaba a erizar mi piel. Había estado persiguiendo el púrpura de la lavanda y cuando terminé el más delicioso néctar que jamás haya alcanzado supe que estaba muy lejos de mi hogar.

Cuando el Sol comenzó a caer y se vislumbró la noche, pensé que mi vida se terminaría, parecía que el fin estaba por aproximarse y que la esperanza iba a morir. En un momento de lucidez a la lejanía divisé un recinto, podría resguardarme ahí por la noche, y evitar morir, aunque sabía que jamás podría regresar a la colmena, una de las reglas más importantes era pasar todas las noches en la colmena, quien dejara de acudir una sola vez, perdería el derecho de pertenecer a la comunidad.

Aquel lugar detrás del campo de lavanda expide un peculiar aroma que ha cautivado mis sentidos, es el olor del cacao, llegué a una fábrica de chocolate, dónde por primera vez me sentí viva: Ahí laboraba una mujer que me dejó atónita. Era una obrera, nunca mis ojos hubieron visto tal belleza, una mujer trabajadora; era lo más deslumbrante que jamás hubiera contemplado: los ojos grandes y ligeramente rasgados de color azabache; su cabello era largo y oscuro como la noche, caía en una cascada de caireles hasta alcanzar su cintura; era una chica de complexión media, de piernas bien torneadas y de brazos fuertes, con los que cargaba las cajas de chocolate; y su sonrisa me cautivó, tenía los dientes amarillentos, pero expresaba tal alegría que era imposible no contagiarse de ella.

Nunca había tenido religión, pero en ese instante, en mis ojos había nacido Dios: supe que por primera vez en mi vida me había enamorado de la criatura más bella creada en este mundo. Decidí establecerme en la fábrica de chocolates. Comencé a crear un nuevo panal y sin esperarlo, un grupo de colegas se había unido a mi causa. Ahora soy feliz en mi nuevo hogar, cada mañana

Palabras contextualizadas: abejas, oscuro, obedecer, agallas y religión.

 

Fuente de la imagen destacada: http://mundosalvaje.com.mx/abejas-costumbres-caracteristicas/

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