Y todos decimos adiós

Un día tuve un sueño, en el veía a una vieja amiga que me visita con frecuencia; mi amiga, tan amable como siempre, me llevo a su jardín, este era grande, con pastos muy bonitos, árboles frutales y muchas flores.

En el centro había una sala de jardín, de esas metálicas en color blanco, con una mesa llena de galletas y pasteles, alrededor, el jardín estaba protegido por una enorme barda color amarillo suave, pero en uno de los lados solo se veía el jardín infinito que topaba con el sol de mediodía.

A pesar, de que en aquel instante el lugar estaba vacío, parecía que se estaba esperando a alguien, a lo que le pregunte:

– ¿Esperamos a alguien?-  ella dijo:

– Si, a muchas personas, hoy tenemos una fiesta de despedida.

Con más curiosidad aún, le pregunte:

– ¿a quien despedimos? Y ella con una enorme sonrisa contesto:

-Todos nos despedimos de todos, no pongas esa cara, en unos instantes lo sabrás.

En cuestión de segundos, empezaron a entrar personas de todas las edades a través del enorme portón blanco, incluyendo algunos animales como perros y gatos.

Estas personas venían sonrientes, algunas platicando, los niños corriendo, algunos abuelitos con el andar lento propio de su edad; a estas alturas yo seguía sin entender, pero aquellas personas me hacían sentir en paz, hasta se puede decir que estaban tan contentas que emitían una tenue luz blanca.

Mi amiga, como buena anfitriona, regalaba agua, refresco, galleta y todo lo que tenía en sus bandejas de plata  a estas personas, que degustaban gustosas y contentas.

Comencé a caminar por entre la gente, observando que hacían; cuando de repente, se me acerco un niño y me agarro de la mano, solo me sonrió, le sostuve la manita y seguimos caminando muy contentos.

Cada que volteaba a ver al pequeño él sonreía muy feliz y me hacia sonreír también; en nuestro recorrido nos encontramos con mi amiga, ella sonriente, saludo y abrazo al pequeño que venía conmigo, en el abrazo el niño le susurro algo al oído, ella asintió con la cabeza y  entonces el pequeño abrió sus enormes ojos, sonrió de la manera más alegre que he visto y volvió a tomar mi mano y seguimos caminando.

Las personas seguían llegando, el jardín se hacía cada vez más grande, la gente se veía tan contenta, inclusive había grupos cantando.

Al llegar el atardecer, mi amiga me tomo de la mano y me dijo:

-ven, es hora de despedirnos

Honestamente, no entendía nada desde el principio, pero la amena fiesta y la grata compañía del niño, habían hecho que me olvidara de hacer preguntas, solo disfrutaba de lo que veía y sentía.

Mi amiga, paso con cada una de las personas, agradeciendo su asistencia con las siguientes palabras:

cenca tlazohcamati  ikniuhtli

Todos respondían de diferente forma, unos con una sonrisa e inclinando la cabeza, otros decían gracias, otros la abrazaban, cada quien con su toque personal.

De nueva cuenta no entendía nada, ni las palabras ni a donde se iban las personas.

Después de agradecer, cada persona abrazaba a la que tenía a lado, sonreían y se encaminaban hacia al final del jardín hasta desaparecer con el sol, la tarde parecía eterna, pues mi amiga agradeció a cada adulto, niño, abuelito y animal que se encontraba en el jardín, y todos veíamos como se alejaban los demás, algunos decían adiós enérgicamente con la mano mientras los otros partían, otros solo sonreían, otros echaban una santiguada, otros se limitaban a mirar en paz.

Llegó el momento, en que solo quedábamos, mi amiga, el niño que no me había soltado toda la tarde y yo.

El niño me veía con sus enormes ojos ansiosos, como si esperara algo. Y por supuesto, yo no sabía que quería.

Mi amiga, sonrió y me dijo:

– él no quiere que lo despida yo, quiere que le despidas tú.

A lo que respondí:

– yo no hablo náhuatl, no puedo despedirme como lo haces tú.

Mi amiga, dulce y comprensivamente me dijo:

– Yo soy vieja y me despido en el idioma que habla mi corazón, con el que puedo dar amor en cada palabra, pero tú puedes hacerlo en el idioma que hable el tuyo, no hay palabras exactas para decir adiós, ni formas correctas para despedirse, todo es perfecto si hay  amor en cada acción.

Me quede pensando; ¿cómo podía decirle adiós a un pequeño tan lindo?, por un minuto mi corazón se estrujó y abrace al pequeño fuertemente, por un minuto no quise despedirme.

Pero de repente entendí, que todos tenemos que ir algún día por el final del jardín y caminar hasta desparecer con la luz del sol, y que no había forma más hermosa de irse, que con alguien despidiéndonos con amor, deseándonos, un feliz camino.

Entonces me incline, abrace al pequeño y le dije:

– adiós mi amor, todo va a estar bien.

Le di un beso en la mejilla y él se puso a brincar, me dio un beso, me soltó y se fue corriendo, se detuvo un instante, se volteó y dijo adiós con su pequeña manita, acto seguido, siguió corriendo hasta desparecer con el sol.

Me quede parada diciendo adiós con la mano a pesar de que el ya no me veía, al parecer esto había sido más difícil para mí, que para él.

Mi amiga ya se encontraba sentada en la mesa tomando una taza de chocolate, me invito a sentarme a comer galletas y chocolate, ella sabe cuánto me gusta.

Estuve sentada en silencio reflexionando sobre lo sucedido, me volteé y le dije a mi amiga

–gracias.

Ella asintió con la cabeza, me tomó de la mano y dijo;

-nos vemos pronto.

De repente desperté en mi cama, a oscuras y quise despedirme de nuevo, de todo y todos los que habían visto en el sueño, en especial de aquel niño, y lo que mi corazón pronuncio en ese momento fue:

-Gracias por existir.

Como por arte de magia, después de agradecer, me quede dormida de nuevo.

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