Karate kid: a veces el corazón de la tortuga. Segunda parte.

Hola amigos:

Lo prometido es deuda y aquí les voy con la segunda parte de la historia de Daniel. Recordemos que en nuestro post anterior les conté que la historia que tanto nos cautivó a finales de los 80’s y principios de los 90’s acerca del joven Larousso, fue creada originalmente por un japonés ganador del premio Nobel de Literatura: Kezaburō Ōe (大江 健三郎 – Ōe Kezaburō).

Tal vez no muchos sepan que Kezaburō Ōe vivió en México durante 6 meses, y tuvimos la fortuna de que impartiera cátedra en el COLMEX en la Ciudad de México.

A continuación vamos con la segunda parte de la historia. La versión completa en la que se basa esta traducción puedes encontrarla en inglés aquí: versión completa en inglés. Por otro lado, si quieres leer la primera parte, puedes encontrarla en este link: leer la primera parte.

Vagó por las dilapidadas calles de California hacía el mar rugiente.  Las sucias cubiertas de las tarjas estaban colgadas en los edificios y colgando sobre los mercados de frutas; las gotas de lluvia tamborileaban sobre los oxidados techos y vidrios rotos cubrían los caminos sucios. Las cubiertas plásticas de los dulces reunidas en el borde de cada charco y un hombre yacía con una botella vacía en cada banqueta.

Mientras pasaba robó una pelota de futbol soccer de una pequeña niña. Practicaba dominando el balón con sus rodillas al ritmo de sus sollozos mientras alcanzaba la playa.

*

Daniel se encontró a un grupo de personas que también habían sido arrastradas al océano. Ellos cometían actos de juventud y practicaban los rituales festivos de la cultura californiana, las grabadoras sonando, sonando, y la música y ¡oh los juegos!. Tenían un momento de celebración, libre de la podredumbre.

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Entonces la vio. Su grabadora sonaba; su cabello atrapaba la brisa caliente: cabello dorado, como el sol después de un partido de béisbol, flotando al rededor de su cara, una cara con la piel tan blanca y tan pálida, como una tortilla de harina, que se aproximó sin pensar.

– ¿Quieres bailar?

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Ella se rió y se arregló el cabello, el sonrió y se arregló el suyo. Y entonces su sonrisa se fundió, sus ojos brotaron, y el volteó para ver que la había asustado.

Un esbelto muchacho con cabello rubio y chaqueta de cuero rojo se paró frente a el sonriéndole. “Johnny”, susurró la multitud.

Johnny comenzó rompiendo la grabadora. La música lo perforó. La sentimental y manufacturada música pop habló a su corazón y lo apenó, por sus lágrimas no corrieron las gotas de lluvia de Chopin o la luz de luna de Bethoven. La pureza de la música clásica no lo afectaba, no podría, porque él era el único emocionalmente afectado por el verdadero contenido lingüístico. Este fallo de su intelecto no podía ser descubierto por sus enemigos. Sobre todo, no podía ser descubierto por sus amigos.

Él habitualmente usaba una patada simple para destruir las grabadoras. Pero ¿qué era esto? Un joven esbelto con el cabello negro y los labios prominentes que se paraba frente a él, evitando el final del reproductor. ¿Podría este hombre ser un guerrero?

No importa. El estilo de Johnny, Goshido-Ryu, era invencible. Mientras la mayoría de las artes marciales japonesas eran derivadas de las artes marciales chinas, el Goshido-Ryu fue heredado del general mongol Subutai, quien había desarrollado inicialmente las técnicas del estilo de pelea mongol y el uso de la espada. Tácticas como la retirada fingida eran comunes. El mismo Subutai, en su senectud, se volvió débil y obeso y tenía que cargar un carro de madera. Solamente los cintas negras en Goshido-Ryu entendían el porque.

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– ¿Quieres bailar? – dijo Johnny, coincidentemente.

Los ojos de Daniel se cruzaron. Él lo atrajo con la misma patada de karate que usó para la puerta. Johnny la detuvo. Daniel no conocía otra técnica, así que bajó su pierna, pateando con la otra. Johnny la rechazó. Una vez que Daniel estaba a una milla de sus amigos. Johnny chifló y muchos mongoles, quienes eran sus amistades, surgieron desde el mar y golpearon a Daniel con golpes pequeños, y puños que tenían olor a leche.

*

Daniel subió las escaleras a su cuarto de nuevo, tenía los ojos amoratados. Una luz estaba encendida en otro departamento. Alguien aun estaba despierto. Daniel tocó la puerta. Un viejo oriental abrió la puerta. No era un mongol.

– Soy Daniel, – dijo Daniel.

-Soy Miyagi, – dijo el oriental

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Así es como da inicio la historia, en donde Miyagi y Daniel se conocen. Tal vez a estas alturas ya puedan apreciar algunas cosas “extrañas” en este relato. Argumentos que parecen fuera de lugar tal vez. Esto se debe a que el cuento pertenece al género del “realismo mágico”, así que todo puede cambiar en un instante…

Los veo pronto para la tercera entrega de “a veces el corazón de la tortuga”.

Leer la primera parte

Leer la tercera parte

Leer la cuarta parte

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4 comentarios en “Karate kid: a veces el corazón de la tortuga. Segunda parte.

  1. Pingback: Karate Kid: a veces el corazón de la tortuga. Cuarta parte. | Mulieres Aequanimitas

  2. Ahora que estoy leyendo esta serie de notas de tu traducción del cuento, estoy recordando lo mucho que me gustaba la película, y de hecho a diferencia de ti creo que yo nunca reflexioné que la veía tanto porque me gustaba y me atraía la cultura japonesa. Y de lo que nos has compartido en estas 2 notas me ha gustado mucho más el cuento, la forma en que está escrito.

    Además me agrada que compartas datos curiosos antes de iniciar con el cuento.

    • ¡Muchas gracias! Me da gusto poder evocar a tu infancia, y también conectar contigo de manera que puedas reflexionar acerca de cosas que a veces no sabemos de nosotros mismos, eso es algo que no creía que se pudiera lograr a través de compartir algo tan sencillo.
      Seguiré compartiendo datos, y gracias por tus comentarios y sobre todo tu gran entrega por mantener vivo este blog. ¡Gracias por convocarnos a este relajo tan diverido!

  3. Pingback: Karate Kid: a veces el corazón de la tortuga | Mulieres Aequanimitas

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