A través del espejo

Un espejo es una puerta de entrada a una dimensión desconocida que puede llevarte a los parajes más hermosos o a los más terroríficos escenarios.

El brebaje que debes tomar para llegar a ellos es la imaginación.

Qué difíciles distorsiones vemos todos los días cuando nos paramos en ese penoso umbral o enorgullecedoras situaciones; todo depende de la percepción.

Hace algunos meses que Jimena se para frente al espejo y siente que le llaman y ha empezado a temerle a su propio reflejo. Cada vez que se mira a los ojos en el espejo siente que se transporta a otra dimensión.

Cada vez que se mira, siente que le clavan alfileres alrededor de todo el cuerpo, que el alma se le escapa del pánico que comienza a sentir, y que pierde el color de las mejillas.

Una noche, mientras intentaba quedarse dormida, pensaba sobre el espejo; aunque no quisiera, mañana tendría que pasar frente a él, pues era un paso obligado para salir de casa.

A la mañana siguiente, sentada en la cama, temía ponerse de pie, ya que sabía que debía ir al espejo. Los pies no le respondían y algo en su interior le decía que no debía ir hacia el espejo pero, ¿qué podía hacer? Ni cómo salir sin cerciorarse de que su apariencia era la correcta.

Se armó de valor, se vistió, peinó y arregló hasta que no quedó más remedio que ir hacia el espejo. Mientras se aproximaba, veía una imagen algo distorsionada, y al estar cerca se dio cuenta que ya no era ella, su reflejo ahora era el de un espectro fantasmagórico que carecía de luz y de gracia. Jimena gritó para sus adentros, estaba asustada y se preguntaba por qué se había convertido en eso. Se estiraba los cachetes, abría más los ojos y jalaba sus cabellos como si quisiera quitar la capa actual para que saliera la Jimena de siempre, pero no lo consiguió; se había convertido en un monstruo.

Vio que en el reloj eran 5 para las 8, muy tarde ya. Salió de casa muy insegura. Pensaba que todo mundo se daría cuenta de su aspecto. Trataba de esconderse en sí misma. Se puso unas gafas oscuras y un sombrero, vagaba por las esquinas tratando de que nadie la viera.

Al pasar los días se veía más gris que antes, cada vez que se miraba en el espejo, su aspecto era más terrorífico que el día anterior. Pensaba que solo le faltaba empezar a mutar y que acabaría siendo un monstruo con tentáculos o algo peor. Sus propias ideas le causaron tanta gracia que esbozó una sonrisa después de muchos meses de no hacerlo.

Resignada con su apariencia, decidió quitarse el sombrero. Su cabello era tan feo que de seguro todos la evitarían por miedo, y hasta cierto punto eso le daba tranquilidad, prefería ser ignorada a señalada por su fealdad.

Pasaron los días y Jimena se dio cuenta que, en efecto, todos la ignoraban, nadie parecía notar su presencia, ella andaba cual fantasma por la vida.

Una noche decidió al fin entrar al portal que tanto le llamaba desde hace tiempo. Se acercó al espejo y miro directamente a sus ojos. Antes eran pardos con luz, ahora eran ojos apagados, casi negros, vacíos.

Decidida a averiguar qué pasaba, se internó en la oscuridad a través de sus ojos y, sin darse cuenta, se encontró en el vacío. Lo único que había era oscuridad y frío. Desconcertada empezó a buscar salida pero por más que caminaba no la encontraba. Resignada, se dio cuenta de que no encontraría nada. Se dejó caer al piso. Comenzó a aporrearlo con rabia y notó que se abrían grietas. Insistió en los golpes hasta que se hizo al fin un hueco que de pronto se hizo grande y el resto del piso cedió bajo su peso. Cayó a un lugar húmedo y oscuro, intentó mirar a todos lados, se dio cuenta de que estaba en una especie de jardín por la tierra que podía sentir entre sus manos. Lentamente sus ojos se adaptaron a la escasa luz y pudo ver las nubes de lluvia. Había frío.

Empezó a caminar y reconoció el parque en el que solía jugar de niña, ahora los juegos estaban oxidados y roídos. Se aproximó al columpio y se sentó, recordando el placer que tantas veces sintió al estar ahí, pero esta ocasión sintió tristeza. Al bajar la mirada vio su reflejo en un charco, y ahora no solo era gris, si no que unas oscuras y profundas ojeras hundían sus ojos. Jimena ya estaba acostumbrada a ver la decadencia en su reflejo. Suspiró, se levantó y comenzó a andar de nuevo. Llevaba largo rato caminando entre tierra húmeda; pensó que eso era todo lo que vería hasta que empezó a amanecer.

Al salir el sol vio flores blancas por todo el parque, eran los jazmines que tanto le gustaban de niña. Se entretuvo cortando unos cuantos y aspirando su perfume, sin darse cuenta alguien se le acercó y la saludo. Jimena pegó un brinco.

Un anciano de capa azul le dijo— Hola Jimena, hace mucho que te esperaba, ¿porque tardaste tanto? —. Jimena retrocedió asustada y respondió— No te conozco.

El anciano sonrió y contestó— Claro que sí, solo que no me recuerdas. Ven, quiero enseñarte algo —. Temerosa, siguió al anciano, ¿que podía perder? La llevo hacia un jardín donde había flores de colores de todo tipo y le dijo— ¿Ves esto? Todo esto es tuyo, tú lo sembraste —. Jimena, muy intrigada, respondió— ¿Yo? Pero nunca he estado aquí.

El anciano respondió— Sí has estado, pero no lo recuerdas. Después de nuestro recorrido vas a recordarlo.

Comenzaron a atravesar el jardín y de repente Jimena sintió que flotaba. Asustada miro hacia abajo y se dio cuenta que sus pies se desvanecían, miro desesperada al anciano y le preguntó— ¿Qué pasa?

El anciano contestó— A partir de ahora vas a desaparecer, pero no te asustes, es parte del recorrido.

Jimena echó a llorar y las lágrimas que caían al suelo comenzaron a quemar las flores, asustándola aún más, pues no podía ser otra cosa que un espectro.

Siguieron avanzando hasta salir del jardín, que resulto ser enorme. Llegaron a una puerta azul con grabados color plata. El anciano se detuvo y dijo— A partir de ahora todo va a estar al revés —y luego ingresaron al recinto. Como el hombre advirtió, todo estaba al pies arriba. Jimena sintió cómo, al estar de cabeza, uno a uno iban cayendo sus cabellos, lo que la asustó solo un instante pero, luego de unos segundos pensó “hace tiempo que dejó de gustarme mi cabello de cualquier modo”.

Avanzaron entre escaleras que subían y bajaban. Aquel lugar era un laberinto. Al llegar a la salida, que era una puerta de madera con clavos rojos, el anciano dijo— No puedo acompañarte más, al otro lado alguien te está esperando para seguir el recorrido—. Jimena agradeció las atenciones y atravesó la puerta. Lo primero que vio al cruzar la aterrorizó y la hizo llorar y gritar. Jimena vio su reflejo, frente a ella había un enorme y hermoso espejo enmarcado en plata, pero lo que veía reflejado casi la hace vomitar, era ella convertida en un espectro gris con verde, calva y sin pies, de aspecto nauseabundo y con dos hoyos negros por ojos. Jimena lloraba frente al espejo, pero en lugar de lágrimas veía salir acido de sus ojos.

De pronto una voz del otro lado del espejo le dijo— Si no rompes el espejo no podrás seguir el recorrido —. Jimena se quedó pasmada y cuando pudo reaccionar inquirió— Pero, ¿cómo lo voy a romper? Voy a cortarme —a lo que la voz contesto— Jimena, no eres ya más que un harapo, mírate bien.

Al observarse mejor, Jimena se dio cuenta que todas sus extremidades estaban separadas, aún su cabeza flotaba lejos del resto del cuerpo. El impacto la hizo gritar y se agachó, estaba muy asustada.

La voz insistió— Vamos, Jimena, rompe el espejo, no temas, ¡rómpelo!

Le costó unos minutos recobrar la compostura. Sin mirar el espejo, buscó una piedra y la arrojó hacia la lustrosa superficie, mas la piedra rebotó y cayó a sus pies. La voz dijo— Usa tus manos, solo con ellas podrás romper el espejo —. Jimena no quería verse, estaba muy asustada y pensaba cómo podría hacerlo, pensaba que no debía haber venido y que no le importaba ser un espectro si no tenía que verse más en el espejo.

La voz dijo de nuevo— Si no lo rompes no podrás regresar a tu mundo y tampoco podrás avanzar, te vas a quedar aquí encerrada.

Eso asusto mucho más a Jimena que su apariencia y, sin abrir los ojos, comenzó a golpear el espejo hasta que lo rompió. De pronto, unas manos sostuvieron las suyas, unas manos firmes. La voz adquirió forma, era un chico apuesto, de voz firme y de hermoso ojos. Jimena sintió vergüenza al verlo, se sintió intimidada al verse ella tan mal. El chico dijo con voz amable— No sientas pena, aunque no lo creas, todo esto va a terminar.

Jimena alzo la mirada y de repente sintió que le dolía la panza tan fuerte que se desmayó. Cuando despertó estaba en una habitación blanca con cuadros de muchos colores, pero no podía moverse, solo veía y escuchaba. Intentó gritar pero no pudo. Jimena comenzó a llorar. El chico le dijo— Jimena, haz perdido tu cuerpo, se ha vuelto ceniza por eso no puedes moverte —. Ella estaba pasmada, ya que no entendía lo que pasaba, ¿acaso su fin era ese? Mas, tras unos minutos, dejó de sentir miedo. Pensaba que, sin cuerpo y sin nada que la atormentara, nada más podía pasar.

Jimena se había convertido en viento. Comenzó a vagar entre el cuarto y pidió permiso para salir al jardín. Pasaba entre las flores y sobre ellas, se sentía libre, ya no había nada que temer. Más tarde regresó al cuarto blanco y en él había un espejo pequeño. Voló hacia él para ver su nueva apariencia, pero se había convertido en viento así que no vio nada, no había reflejo, lo que la hizo feliz. Salió de la habitación de nueva cuenta.

Tras unos días de vagar, Jimena comenzó a regresar al espejo cada vez con más frecuencia, siempre encontrándolo vacío. Comenzó a sentirse triste por no ver nada al otro lado, ya ni siquiera recordaba su antigua apariencia, esa que tanto le atormentaba.

Pasaron más días y Jimena buscó al chico y le pidió volver a su mundo, sentía que ya era tiempo. El chico le dijo— Tienes que regresar por donde viniste, y ella pensó “Por el espejo y el reflejo de mis ojos…”, y luego dijo— Pero ahora soy viento, no tengo ojos, ¿que hago?— a lo que el chico contestó— Pues búscalos porque de otra forma no podrás regresar.

Intrigada, corrió a buscar al anciano al laberinto y le preguntó dónde estaban sus ojos. El anciano dijo— Están aquí, en el laberinto, búscalos si quieres volver.

Jimena paso días buscando aquellos objetos grises sin luz que derramaban acido, pero no los hallaba. De pronto recordó que antes eran brillosos y de un color marrón, muy similar a las piedras que estaban junto a la puerta de madera de clavos rojos. Tomó las dos piedras y las elevó y, para sorpresa suya, en efecto eran sus ojos.

Jimena voló hacia la habitación blanca y se paró frente al espejo. Estaba lista para volver. Vio en el reflejo de las piedras su mirada, era agradable de nuevo, como mucho antes de que todo esto comenzara, y quiso sonreír pero se dio cuenta de que no había nada más que sus ojos. Se quedó mirando directamente a sus ojos como cuando llegó. Sintió que la jalaban al otro lado del espejo y luego perdió el conocimiento.

Jimena despertó en su cama, se restregó los ojos y vio que tenía un cuerpo de nuevo, que tenía una boca para sonreír y que sus manos gruesas habían vuelto. Se sentó en la cama, temerosa de ir al espejo, hasta que encontró valor para ir hacia él.

Caminó lentamente, sintiendo el frío del piso en sus pies. Al llegar frente al espejo, Jimena vio a la misma Jimena de siempre, pero ya no era un monstruo, era tan solo una persona frente al espejo.

 

 

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