Fantasías revolucionarias de ayer y hoy

Hace unas semanas vi a Paco Barrios, “el Mastuerzo”, dando una tocada con su actual banda, Los jijos del maíz. Como si no tuviera suficientes señales de mi edad con la caída de cabello, los efectos devastadores de una borrachera y la cada vez más marcada ignorancia del lenguaje coloquial actual, me di cuenta que extrañaba escuchar rock nacional interpretado como se debe, como en mis tiempos.

Si, ya sé…sueno ruquísima expresándome de esa forma, pero no puedo evitar pensar que el rock actual, aún el más independiente, tiene tanta ligereza entre sus notas, que no dejo de escuchar las mismas historias rosas en todos los géneros, contadas siempre de la misma forma.

Mientras las decenas o centenas de banditas nuevas viven sus fantasías rockstar y sueñan convertir sus repetitivas canciones en dinero, yo doy la mano al Mastuerzo y le felicito por su larga y “exitosa” carrera. Pongo “exitosa” entre comillas porque el éxito es relativo, “exitosa para el arte” fue lo que le dije respecto a su trayectoria.

Entre canción y canción hablaban de lo “cabrones” que han sido sus cinco años juntos, de como, en su viaje a España, solo Paco pudo ingresar al país, de lo que significa tocar con una guitarra prestada. No es la primera vez que escucho todas estas cosas. Este tipo de músico lleva siempre la misma bandera, y parecen haber asistido a la misma escuela: Ayotzinapan, Zapatistas, anticultura de consumo, marihuana, resistencia…Paco Barrios ha envejecido y se nota, queda claro que él no vive del rock, el rock vive de él.

Hace poco una amiga me dijo haber visto hace tiempo a Alex Lora en un convertible, y aquí el Mastuerzo toca con una guitarra prestada. Antes habría juzgado de vendido al rock, y habría levantado mi bandera revolucionaria, tan ingenua como la de Paco y muchos más, que siguen llamando a un “despertar del pueblo” que nunca llega.

Por varios años me pregunté por qué no llegaba el levantamiento, por qué no se formaban las trincheras, por qué no había protesta y por qué no se quebraba con la fuerza del pueblo el “mal gobierno”, y si bien no tengo una respuesta precisa para ello, he formulado la teoría: “Aún tenemos cosas que perder, aún no nos han arrebatado TODO” (aunque no nos demos cuenta que nos arrebataron todo lo importante). Siempre causo escozor cuando digo que las responsabilidades y los pequeños lujos son las cadenas opresoras del hoy. Con el dinero nos alcanza para muchas cosas superfluas, y para nada importante. El pueblo no se levanta porque tiene celulares, cafés costosos, tres o cuatro televisores en casa, todos con cable, comidas con la gente de la oficina, conciertos, cine…mil cosas que dan a las personas la impresión de bienestar, mas no son otra cosa que placebos a las complicaciones y verdaderas carencias de la vida: rentamos, vivimos con nuestros padres o los padres de nuestras parejas, vivimos a 2 o 3 horas de nuestros centros de trabajo, atendemos nuestra salud en “el simi”, no tenemos cuentas de ahorro o de inversión, compramos todo a crédito…

…pero más importante, tengo también la impresión de que una revolución sería completamente inútil. Ítalo Calvino, en “Las ciudades invisibles”, describe una ciudad injusta dentro de la cual reside la semilla de una ciudad justa pero dentro de la cual, a su vez, vive también la semilla de una nueva ciudad injusta, distintas todas entre sí. La semilla de la ciudad injusta dentro de la ciudad justa por nacer se nutre del deseo de revancha de los “justos que se creen justos más de lo justo”.

Los cambios sociales son como el ejercicio, si se forzan y se obliga al cuerpo a ceder, vienen los rebotes. No se trata de salir a las calles y derrocar al mal gobierno, porque eso generará revanchismo y no habrá detrás un cambio de consciencia. Debemos, en cambio, entender por qué las personas que llegan al poder siguen corrompiéndose, por qué no somos capaces de dar seguimiento a nuestros gobernantes inmediatos, por qué seguimos valorando tanto los pequeños lujos por encima del bienestar sobrio y generalizado, por qué seguimos creyendo que encontraremos la forma de sacar hijos adelante a pesar de que la estadística y la mala situación del país indiquen lo contrario.

Ver a Paco Barrios y escucharlo hablar de revoluciones ya no me inspira ni inflama mi deseo de cambiar al mundo. Si acaso, me recuerda que existen personas sensibles y racionales que saben que las cosas están mal…pero debemos dejar de ser ingenuos: si queremos un cambio, tenemos que hacer sacrificios…GRANDES SACRIFICIOS…

Seamos realistas, existen tan pocas personas dispuestas a sacrificar sus sueños y aspiraciones individuales, su comodidad y su necedad egoísta de complicar su propia existencia a costa del abandono de la defensa de sus derechos, que un cambio real se ve improbable. Uno de cada cien mil individuos no pueden hacer un cambio real…la desigualdad imperante es prueba de ello…la discriminación cambia de nombre, pero existe, la esclavitud cambia de nombre, pero existe, la falta de respeto ni siquiera se toma la molestia de cambiar de nombre…

…y este texto es solo una ventana a la reflexión, a que pasemos de las fantasías revolucionarias al realismo crudo, doloroso y responsable…

Mon Yumeé

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