Una avalancha, un incendio (final)

La vuelta a los encuentros, demoledora; los intentos por detener tales encuentros, inútiles y casi de inmediato inexistentes. Pasan las horas de ausencia entre angustia y frustración. Las incursiones son cada vez más arriesgadas y la existencia de un secreto es cada vez más evidente; aquellos encuentros que fueran fugaces e inocentes visitas, se convierten en vertiginosa exploración a lugares recónditos y desconocidos del alma.

Con la angustia y la frustración llega finalmente la culpa, y la carga del secreto se vuelve a cada instante más pesada. Desconocidos y extraños anónimos detrás de las redes sociales se vuelven válvula de escape, pero en ellos aquel hombre solamente encuentra insinuaciones de un mundo ajeno, sugerencias y consejos sobre una vida que, aunque superficialmente atractiva, le resulta finalmente incómoda.

El secreto abre a su alrededor una brecha, un muro invisible que le separa del mundo y le aísla. El placentero encuentro se convierte en martirio, y lo que fuera un paraíso de intimidad, se convierte en una isla desierta, una suerte de calabozo soleado, una jaula de oro. Una parte de sí mismo se diluye en esa desconocida atmósfera y se convierte en vacío. Esa mujer, fuente de dicha y de angustia, se arraiga cada vez más a su persona, como si hubiera estado siempre ahí, entremezclada con cada parte de su ser desde el primer instante.

Cuando el secreto se descubre, colapsa el castillo de naipes. Se aleja la compañera de la vida diaria, de la vida verdadera, sintiéndose engañada, tomada por el pelo, víctima de una mentira atroz, de una imperdonable hipocresía. No parece bastar disculpa alguna, no parece haber en el mundo fibra suficientemente larga para zurcir la confianza fragmentada.

La mujer reencontrada se vuelve un quiste, enfermedad terrible, un maleficio a exorcizar. Se abren los libros de expertos, se consulta a los oráculos, a los sacerdotes, a los brujos, a los doctores, a todos consulta sobre el mal que le aqueja. Algunas falsas promesas tratan de confirmar su sentir, de reafirmar en él la culpa, de someter su profundo deseo, de cortar las alas recién adquiridas y aún inexpertas, pero la avalancha sigue arrasando con el paisaje, y el incendio en su interior convierte en ceniza la percepción que tenía de sí mismo.

Se ha cubierto todo al fin de nieve. El inmenso lienzo blanco le parece infinito. El vacío lo abruma, el silencio después del cataclismo parece la voz del fin de los tiempos. Hay llanto helado, gritos de ayuda, carreras inútiles de un lado al otro buscando un punto de partida, un indicador del rumbo, una pista, un apoyo a la supervivencia. En aquella callada extensión no parece haber otra cosa que el lienzo, las cenizas de sí mismo y su ser.

Con sus propios restos negros comienza a pintar en el inmenso lienzo el retrato de la mujer reencontrada, la que es su propia persona, la que es uno con él mismo, la que lo convierte en un ser dual, la que completa su interior y su exterior, la que anhela estar, vivir y existir más allá de los espejos. No parece haber para él más vida que aquella de ser dos siendo uno solo, y se le ocurre pintar entremezclados ambos auto retratos. La avalancha es empezar de cero, el incendio le ha dado la tinta, y el fin de todo es el comienzo de sí mismo, de sí misma, del Ser que puede y quiere ser.

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