Una avalancha, un incendio (primera parte…)

Un hombre, sin saber cuándo ni como, se encuentra un día cualquiera con una amiga del pasado, una chica a la que hacía muy buenos años no había visto. No la saluda con gusto ni con displicencia, pero está definitivamente sorprendido de verla (y de inmediato se arrepiente y tiene unas irrefrenables ganas de abrazarla). Muchas, muchísimas cosas han pasado desde aquella (quizá no tan) tierna infancia en que se conocieron, y da por hecho que su propia persona no es, ni de lejos, la que era entonces.

El hombre debería admitir que se encuentra nervioso (lo hará de inmediato, pero pensará que cualquier sorpresa merece un sobresalto de tal naturaleza). Algo en la emoción de tal encuentro se percibe como una afronta al buen juicio, pero ciertas percepciones, sobre todo las más difusas o las de más reciente aparición, son apenas más llamativas que una comezón.

Por supuesto, no se ha dado cuenta que la mujer reencontrada siempre fue, y ha sido, mucho más importante en su vida de lo que siempre ha querido aceptar. “Importante”, por supuesto, no tendría (al menos en principio) por qué irrumpir en el balance presente; basta con dar a cada cosa la dimensión que le corresponde para hallar equilibrio.

No han quedado en verse de nuevo, su encuentro se esfuma casi tan rápido como un suspiro. El hombre se da cuenta que tiene dudas. Revisa y recorre cada instante del breve reencuentro una y otra vez. Sigue pensando que lo más prudente es dejar que aquella mujer se vaya, pero no puede evitar pensar en ella a cada instante. Decide buscarla una vez más, y luego otra, y luego una más. Se descubre con ella en cada encuentro, reencuentra una íntima relación secreta que él había olvidado, que se había esforzado en olvidar.

Razones para mantener la relación en secreto parece haber de sobra, pero puede que nadie salga lastimado si hay prudencia de por medio pues, en realidad, no hay mala intención en los encuentros, y así, su convivencia se vuelve frecuente. La emoción del principio del reencuentro parece al fin haber pasado, y como un cuerpo de agua evaporándose, va dejando al descubierto los detalles que antes apenas alcanzaban a verse en el fondo. Los encuentros distan de volverse ocasionales, más bien alcanzan un estado de apacible familiaridad.

La posibilidad de que una persona pueda restarle importancia a lo trascendente siempre se pone en duda hasta que se experimenta en carne propia. Se juzgará al incauto de inmaduro cuando se hace de manera inconsciente, de mentiroso o falso cuando corresponde a un intento de prudencia, y de impertinente o aún transgresor cuando se le rebele como necesario exponer su omisión. Por eso, un día el hombre decide dar fin a los felices encuentros, pues su naturaleza furtiva los ha convertido en motivo de sospecha, y en fuente de su propia ansiedad.

Si se tiene la encomienda de detener una avalancha con no más que unos cuantos palos y piedras, no se podría culpar a alguien de querer cambiar la misión sin consultar a quien se la asignó. Algunas encomiendas no son, sin embargo, tan evidentemente irrealizables. Así, la voluntad de evitar futuros encuentros no parecía más útil contra el anhelo que un vaso de agua contra un incendio, uno que lo consumía desde adentro.

Continuará…
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s