La complejidad de la vida cotidiana

“La sociedad valora mucho su ‘hombre normal’. Se educa a los niños para que se pierdan a sí mismos y así llegar a ser absurdos, es decir, hombres normales”

Ronald Laing

Cuando hablamos de complejidad algunas veces tendemos a pensar que es un término abstracto que no cabe en nuestra realidad, pero que, inevitablemente y sin que nosotros seamos conscientes, la construye y le da sentido. En este sentido, Agnes Heller, filósofa húngara, dice que no hay nada que le dé más sentido a la complejidad de nuestra realidad que la vida cotidiana.

Sin pretender hacer una reflexión profunda sobre ello (puesto que no sé si podría), hoy me gustaría hablar sobre éste tema de manera bastante subjetiva, puesto que considero que, de cara a lo que cada uno puede imaginar en su mente, a veces es bueno compartir con los demás lo que a uno le ronda por la cabeza. 

Mucho se ha escrito y hablado sobre que los seres humanos somos seres complejos, seres que no pueden comprenderse bajo los parámetros dualistas de bueno o malo, seres que para ser entendidos deben verse bajo la luz de muchas luces, y que, aún tomando en cuenta lo anterior, nunca llegaremos a comprender en su totalidad.

Dicho esto, solemos pensar que para comprendernos, es necesario analizarnos desde hechos, situaciones y estados aislados entre sí; momentos “relevantes” y fuera de lo común, situaciones fuera de lo “normal”, y comportamientos provocados por situaciones difíciles. Y sí, en efecto, abordar esos aspectos es necesario, pero, considero que ello sólo nos da una visión fragmentada de nosotros mismos; quizá, la clave para comprendernos es vernos desde lo que para nosotros es normal, constante, desde la óptica de aquello que llamamos “vida cotidiana”.

Para Heller, la vida cotidiana es la dimensión fundamental de la existencia social; las actividades comunes, habituales, que hacemos todos los días, para satisfacer nuestras necesidades y, en consecuencia, para seguir viviendo. Es eso que hacemos y compartimos con los demás pero que es distinto en cada uno, es decir, lo “normal”. Es en nuestra vida cotidiana que cada ser humano construye y reconoce a la sociedad, y a sí mismo; cosas tan sencillas como ir al baño, o comer, porque ello, no sólo representan una necesidad básica biológica, sino también, un constructo social simbólico que cada sujeto a lo largo de la historia produce, reconoce y reproduce.

Por ello, cuando mencionamos que es necesario comprender la vida cotidiana, en un principio parecería hasta inútil, dado que es algo que está ahí y que cada ciencia y disciplina abordan desde la medida de sus posibilidades e intereses, pero que, a veces es necesario sentarse a pensar un poco sobre ello de manera general, y darle el valor que merece a aquello que llamamos “normal” o “cotidiano”.

Escribo lo anterior porque hace poco inicié un proceso migratorio que ha constituido un momento de cambio en mi vida; tuve que salir de mi vida cotidiana para construir otra en otro lugar. Es por ello, que, reflexionando un poco sobre lo que pasa con mi vida, que pensé sobre lo antes mencionado y me di cuenta que al tratar de comprender mi realidad no podía simplemente reducirla a ciertos hechos que marcaron mi vida, sino que debía comprender qué estaba haciendo día a día para formarme como un ser individual y social. Y eso me llevo a pensar en que, aunque a veces parezca inútil, tratar de comprender la complejidad de la vida cotidiana, de eso que hacemos todos los días, es un elemento clave para no reducir nuestra existencia a algo tan ambiguo como el término “normal”.

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