Género y trayectorias laborales

Por: Maurelva Ornelas Vela

 Lograr desaprender los roles y estereotipos de gènero no es tarea fàcil.

Lograr deshacer los prejuicios que tantas veces contamina los análisis e investigaciones científicas y que distorsionan los debates políticos en nuestros días, para conformar una real integración de las mujeres en el ámbito laboral de manera justa y  equitativa, no es tarea fácil. En México existe un acervo importante de encuestas de empleo, pero no se dispone de historias laborales que permitan realizar estudios desde otra perspectiva, como la de género, tomando en cuenta la parte vivencial y permitiendo así el conocimiento de la descripción de una trayectoria laboral “desde adentro”.

Uno de los aspectos importantes que se pueden señalar a través de la interrelación entre la trayectoria laboral y la trayectoria vivencial femenina, es el estatus socio-cultural que le ha sido atribuido a la mujer, y que nos permite señalar situaciones como el acoso sexual, los problemas de pareja, la doble jornada laboral, la afectación en los hijos, el estrés, el sentimiento de culpa, etc., difícilmente rescatable por la vía de la entrevista y, sobre lo cual, aún existe un gran silencio, manejándolo sólo en el espacio íntimo entre mujeres. Y por tanto, tornándose vitales la toma de decisiones en situaciones específicas (matrimonio, hijos, profesión). Somos personas con los mismos derechos que nuestras parejas e hijos: tenemos derecho a disfrutar los mismos periodos vacacionales, días de descanso y que nos reconozcan nuestros esfuerzos. Dejar de conformarnos y resignarnos siempre, preocupándonos por alcanzar la meta de ser “la Sra. de” sin  aspirar a más.

Por mucho optimismo que se tenga, y muchos discursos que haya sobre cuestiones de género y promesas de igualdad, equidad, etc., los rechazos a los que estamos sometidas las mujeres, sea por jefes, esposos, compañeros y compañeras de trabajo, escuela, etc., continúan, por lo que es indispensable modificar el concepto que se tiene de la mujer como una persona incapaz de realizar ciertas actividades, incapaces de pensar, de ser independientes y libres para tomar sus propias decisiones.

Es por ello importante generar la transformación en la conceptualización del papel de la mujer en la sociedad y cortar esa brecha existente en las oportunidades entre mujeres y hombres. Modificar la jerarquía de género en el ambiente laboral, eliminando la división sexual del trabajo y la segregación ocupacional, armonizar el aspecto laboral y familiar. Ya que de todas las elecciones que debemos tomar las mujeres/madres, la más difícil es volver o no a trabajar, reconsiderar y jerarquizar las prioridades, que en muchos casos no son las ideales para nosotras las mujeres. Sin embargo, nos genera una serie de preocupaciones y sentimientos desapercibidos para la sociedad: si me quedo en casa, ¿qué será de mi promisoria carrera, cómo se va a ver afectado el presupuesto familiar sin mis ingresos, cómo influirá mi situación frente a mi pareja  de quien pasaré a tener una mayor relación de dependencia? La familia sigue exigiendo la misma calidad y cantidad de atención y como madres se nos hace difícil dejar a nuestras/os hijas/os al cuidado de otra persona, sea familiar o no, e irnos alegremente al trabajo. Enfrentando la culpa, por si lo atenderán bien, de si no lo maltratarán, frustración por perdernos los pequeños grandes detalles en su crecimiento: sus pequeños progresos, las primeras comidas sólidas, los pasitos torpes iniciales, las monerías y sus primeros intentos de comunicación, amén del desarrollo profesional, producto del esfuerzo puesto en el estudio, la competencia en el trabajo, que, comprensiblemente, nos llama con voz de sirena a regresar. Y a esto se suma que, la mayoría de las veces, no hay opción: o vuelves a trabajar o no se pagan las cuentas.

Enfrentar una serie de situaciones apremiantes, ya no sólo por aspirar a puestos ejecutivos, sino la lucha cotidiana por intentar cubrir al 100% la carga de trabajo laboral y familiar de todos los días. Como cuando el rendimiento en el trabajo desciende cuando el/a hijo(a) está enfermo, o por actividades escolares, y mi rendimiento en casa desciende cuando por situaciones imprevistas en el trabajo requiere más tiempo del establecido, surgiendo los conflictos entre la pareja, sin contar el cansancio físico y mental que crece día a día. Y a pesar de pertenecer a una sociedad que, si bien estimula la participación femenina en todos los ámbitos de la sociedad, sobre todo en jornadas electorales, en la práctica se continúa relegando a las mujeres a posiciones de subordinación y, en general, al entorno familia/hogar. Donde por nuestro papel de madre y esposa se concibe el trabajo remunerado como una actividad complementaria o secundaria, que se organiza, en mayor o menor medida, en función de la familia.

A diferencia de los hombres, donde la construcción de su identidad laboral se inicia en la primera infancia y es permanentemente reforzada por los diversos agentes del sistema social, como el proveedor del sustento como única responsabilidad, llegando a constituir un pilar de su masculinidad. Lo cual me hace recordar a Karl Marx, en su libro El Capital, las mujeres entramos en la categoría de “ejército industrial de reserva”. ¿Por qué?, porque para el capital es muy conveniente contar con una mano de obra que sin implicarle un gasto económico, realice actividades que coadyuven a la subsistencia de la clase trabajadora.

En el desafío de compaginar trabajo y familia, la mujer no debería ser un personaje solitario. Es un hecho de que son muy pocas las empresas e instituciones con políticas amigables hacia la mujer y la familia. Y aunque sabemos que nuestra aportación como amas de casa es un bien necesario para toda la sociedad. Pero no así la sociedad en su conjunto, por tanto, los gobiernos, las empresas, las leyes y todas las entidades públicas deberían reconocer nuestra aportación silenciosa y darle el valor que le corresponde, ya que la formación de una familia tampoco es un capricho de las mujeres, pues no necesitamos tener hijos para satisfacer nuestros vacíos emocionales, como se nos pretende hacer creer, recordemos que la familia está considerada como la célula básica de la sociedad, y, como tal, debe dársele la importancia y la fuerza necesarias para que persista. Pero la familia no sólo está conformada por la mujer. Razón por la que los “jefes” deberían dejar de renegar cuando sus empleadas quedan embarazadas o piden permiso porque los hijos están enfermos, o hay asuntos que tratar en las escuelas, siendo que ellos mismos son parte integral de una familia. Así, compaginar trabajo y familia no es un problema que solo tengamos que resolver las mujeres, es un problema que tenemos que resolver todos.

Debemos luchar para que las trayectorias laborales femeninas, en cualquier nivel, sean concebidas sin conflictos, sin negociaciones y sin tensiones en el ambiente laboral y familiar. Es deprimente e injusto que las mujeres tengamos que someternos a momentos decisivos sacrificando cosas  valiosas para cubrir cada una de nuestras etapas. Lidiando  día a día, con la crítica aún entre el mismo sexo por anteponer el trabajo a la maternidad, provocando una lucha constante entre la identidad individual y la identidad colectiva.

Lo importante es empezar por nosotras mismas. Unirnos y apoyarnos para hacer valer realmente nuestros derechos y mejorar nuestras condiciones de trabajo y de vida. La vida es una enseñanza y el camino que se recorre no es otra cosa que ir aprendiendo los mensajes que nos proporciona la diversidad de situaciones por las que tenemos que atravesar, algunas dejándonos grandes satisfacciones, como es el hecho de ser madre, y otras todo lo contrario, como es el caso del hostigamiento sexual o la marginación por cuestiones de género. Las mujeres día con día lidiamos con todos los problemas que se nos presentan y aunque logramos encontrar soluciones rápidas y apropiadas a todos estos acontecimientos, lo hacemos cargando un peso silencioso, imperceptible para el hombre.

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