La Chucha

Hola amigos, yo soy Akami y esta es la primera vez que escribo en Mulieres Aequanimitas. Pueden encontrar todo sobre mi existencia en la red en las páginas de about.me.

Uno de mis hobbies es escribir cuentos (muy de vez en cuando). Lo hago como una forma de catarsis, y lo hago solamente cuando me surge una idea desde el corazón. A menudo mi fuente de inspiración son mis sueños o historias que otras personas me han contado. Utilizo este género porque es corto y lo considero sencillo de escribir.

El siguiente cuento está basado en una anécdota que me contó la señora Rita, lo publiqué originalmente en mi blog de anécdotas personales, el cual espero que algún día visiten.
El viento frío me pega en la cara, me gusta esa sensación y me recuerda a cuando salía a correr con la Diana y nuestros amigos. Al recordar esos momentos felices casi me olvido del día tan malo que he tenido hoy, por un rato se desaparece la sensación de esta mañana cuando se me rompió mi corazoncito y la de los brincos incómodos que pega esta camioneta en la que voy trepada y este olor a chiquero. Nunca pensé que así olería la muerte.
Siento tristeza por pensar en que ya nunca voy a ver a la familia, pero mientras me dirijo a mi destino pienso en los ojos de “la mamá”, tristes y vidriosos, y en su voz quebrada cuando me dijo – Perdóname Chucha, te tienes que ir porque necesitamos el dinero. Entonces ni lo dudé y después de que no me dejaba, me subí corriendo yo solita a la camioneta.
Lo que me dio valor es saber que eso del dinero es tan importante para la mamá. Yo no se que sea eso, pero me he dado cuenta de que a ella le hace mucha falta, porque a veces en las noches se salia al patio y se ponía a hablar conmigo y decía – Yo no se qué voy a hacer mañana si ya  no tenemos dinero ni para comer. Cuando eso pasaba, la mamá se salia al patio porque no quería que los chamacos la vieran llorar, aunque yo si la veía, pero al día siguiente salía temprano a trabajar y al llegar en la tarde ella traía aunque sea tortillas y frijoles y a veces hasta a mi me tocaba comerlos, aunque me daba cuenta de que ella no comía.
Por eso cuando me dijo llorando – Perdóname Chucha, te tienes que ir porque  necesitamos el dinero – Esas palabras retumbaron en mis orejas como los truenos en las noches de lluvia, y llegaron hasta mi corazón y aunque me la había pasado mucho tiempo defendiéndome de los jaloneos del viejo panzón, decidí subirme a la camioneta, aunque yo ya había escuchado lo que iba a pasar, porque siempre ando de chismosa en el patio.
Dicen las gentes que cuando uno se va a morir se pone a pensar en todo lo que ha pasado en su vida, desde que es uno chiquito hasta que es uno viejito, yo no llegué a viejita, lo malo es que llegué a gorda, y la gordura lleva a la muerte. Pero aunque no me voy a morir viejita sí me puse a pensar en toda mi vida.
Yo nací en un pueblo donde hace harto frío, y además yo siempre estoy fría porque tengo poquito pelo. A decir verdad siempre me pregunté por qué la Diana era más peluda que yo, ella siempre estaba bien calientita, por eso en las tardes que nos dejaban entrar a la casa de la mamá, me acurrucaba junto a ella mientras veíamos la tele con los chamacos.
La Diana es como una hermana mayor para mi, lo primero que recuerdo de mi vida es un día en que yo era muy pequeñita y estaba triste, me sentía sola porque no había nadie como yo en ese inmenso patio, a penas el día anterior me habían separado de mi mamá y de mis hermanitos. Entonces vi a la Diana, corriendo con sus patitas esbeltas ¡se veía tan bonita! La Diana es delgada y tiene pelo negro y también rubio, tiene un porte muy elegante porque dice la mamá que es alemana. La mamá también dice que todos los alemanes son como la Diana, grandotes, fuertes, rubios e imponentes, pero con cara de enojones.
Me sentí identificada con ella desde ese día porque tenía cuatro patas como yo, así que me salí de mi casita y me fui a seguirla por todos lados. Al principio como que le molestaba, pero yo creo que todas las hembras tienen instinto de mamá aunque tengan cara de enojonas, y les sale cuando ven a un chiquillo necesitado de amor. Yo estaba muy necesitada de amor y la Diana poco a poco se acostumbró a que yo siempre la anduviera siguiendo.
El único  momento en que yo no seguía a la Diana era cuando se metía a la casa, porque cuando lo hacía, la mamá se enojaba, pero al final los niños la dejaban entrar y la mamá decía – ¡Ay chamacos! otra vez la perra dentro de la casa ¡pero ya que le hago!
Entonces la Diana se acostaba en medio de la sala para ver la tele y yo me estaba muriendo de frío afuera. A mi me daban ganas de irme con ella, y un día me dieron tantas ganas que entré y fue la primera vez que me planché en el piso de cemento.
Yo pensé que la mamá se iba a enojar, pero en lugar de eso le dio mucha risa, a ella y también a los niños, desde ese entonces lo hice todos los días que no se aguantaba el frío de afuera.
La Diana era buena conmigo, me enseñó todo lo que un perro tiene que saber. Recuerdo que cuando la empecé a seguir me dijo que le caía mal porque yo estaba muy sucia y entonces me dí cuenta que a ella se le quitaba lo apestosa cuando al bañaban y un día decidí irme a meter para que me aventaran agua con la cubeta, y a la chamaca más grande le dio mucha risa, pero me empezó a echar jabón como a la Diana y descubrí que era bonito estar limpiecita.
A los niños les daba risa cuando yo iba solita a recibir mi baño, pero la verdad a nadie le gusta estar cochino, y a mi al principio me tenían en un lugar muy sucio y sólo me aventaban comida ahí. Hasta mi comida se apestaba y no me daban ganas de comer.
Mi vida fue corta, y casi toda me la pasé corriendo con la Diana y los otros perros de la jauría. Cuando yo pasaba corriendo con ellos, a los campesinos que vivían en la comunidad siempre les daba mucha alegría, y después de un tiempo hasta mi nombre se aprendieron y me gritaban a lo lejos “Adíos Chucha”. A mi me daba tanto gusto que me conocieran y les ladraba feliz, parecía que algo de mí les llamaba la atención, más que los otros perros, tal vez era porque yo ladraba muy feo.
Al principio, cuando la Diana me llevó con los de la jauría, nadie me hablaba, creo que no les caía bien. Tenía que esforzarme mucho porque como mis patitas son más cortas que la de los otros, yo no podía correr tan rápido como ellos y siempre me dejaban atrás y se burlaban de mi. Pero poco a poco, conforme me fui volviendo más rápida me terminaron por aceptar y se volvieron todos mis amigos. ¡Qué lástima! ya no me pude despedir de nadie. Espero que la Diana les diga a todos que los quiero mucho.
La verdad es que esta mañana, todo pasó tan rápido que ni de la Diana me pude despedir, pero ella se dio cuenta de todo. Era muy temprano y a penas acababa de salir el sol cuando llegó un viejo panzón, sudoroso, barbón y feo a la casa de la mamá y le tocó la puerta. La Diana se puso a ladrarle enseguida, yo creo que lo vio que estaba muy feo. La mamá salió a abrirle y se pusieron a platicar :
– ¿Qué pasó doña Rita, ‘ora sí me va a vender el cochinito?  – La mamá se puso a llorar y le contestó – ¡Ay don Pedrito! yo la verdad no quisiera porque ya estoy bien encariñada con el animalito, pero ya no se que hacer, ya no tengo que darle de comer a mis hijos mañana, ni tengo dinero para pagarle a mi hermana lo que me prestó y ya lo está necesitando, así que no tengo otro remedio que venderla, creo que es la única manera con la que puedo conseguir el dinero necesario – Entonces yo me pregunté ¿De qué cochinito están hablando? si en la casa nadamás había gallinas y perros (o eso pensaba yo hasta ese momento).
-¡Ay doña Rita! ni se preocupe, esos animales ni sienten, y son para comer – dijo el panzón, y mi mamá le respondió – ¿Cómo no van a sentir don Pedro? si la Chucha ha vivido con nosotros casi desde que nació, la  compré cuando era un marranito bien chiquito y ha convivido con mis hijos como una mascota y nosotros la queremos mucho.
Cuando oí eso sentí como si agua helada me hubiera caído en todo el cuerpo y me quedé toda tiesa,  mi corazón brincó tan fuerte que pensé que se me iba a salir, y me dí cuenta de que estaban hablando de la Chucha… y yo soy la Chucha. El señor decía que la mamá me iba a vender… y la mamá decía que yo era un marranito… Entonces fue cuando se me rompió mi corazón en pedacitos, sentí “rete-feo”, sentí que todo lo que había creído siempre, era como un cuento de los que le cuentan a los niños cuando se van a dormir, sentí que todo en mi vida había cambiado y sobre todo sentí que no sabía quien era yo, por eso me sentí perdida.
Yo era una cerdita – pensé – ¿Pero no qué era perro?… Y entonces todo tuvo sentido, es por eso que tengo bien poquitos pelos, no como la Diana que tiene hartos. Yo me explicaba eso, pensando que tal vez yo era de un lugar llamado Chihuahua, porque el perro de la señora rica que vive en la hacienda dis’que lo trajeron de allá y es pelón. Aunque por otro lado era extraño que fuéramos parientes porque ese perrito, además de ser pelón, está bien feo y era chiquito, grosero y flaco.
Pero… tienen razón – pensé – soy un marranito, eso explica las patas chiquitas, lo gorda que estoy, mi color rosadito, mi pedazo de cola y por eso ladro tan feo…
En ese momento me puse muy triste, creo que el alma se me salió del cuerpo y ya no regresó, no tenía ánimos de pensar en nada y no’más seguí escuchando lo que decían:
– No se aflija doña Rita, yo se que usted a cuidado mucho de la cochina, por eso está bien gordita, se ve que van a salir unas carnitas bien sabrosas. Además bien sanas – Y me pelliscó el viejo –  ¡Mire no’más! nunca había visto un cochinito tan musculoso, si este ni grasa tiene – !Ay don Pedrito¡ ya ni me diga eso,  es que la Chucha es rara desde chiquita, es más bien como si fuera un perrito, se baña y corre harto, y nunca está de floja ni de mugrosa como los otros cochinos.
– Bueno doña Rita, entonces ¿Sí me la vende? – la mamá se me quedó viendo… se quedó en silencio, yo ya estaba toda aplastada en el piso, y le respondió – ¿Pues ya que hago don Pedro? no tengo otra manera de pagar las deudas y de sacar para la comida.
En ese momento no creía que un día pudiera ser peor que ese… y fue cuando el viejo “jijo” se me acercó y me jaló mis patitas de atrás, tan bruscamente que me golpee con el piso, entonces yo empecé a chillar y me empecé a torcer y no me dejaba de jalonear. En es momento la Diana, que estaba amarrada como todas las mañanas empezó a ladrar y a ladrar, y a querer correr, hasta que rompió la cuerda y se le aventó al señor. La mamá alcanzó a verla antes y la pescó del pescuezo y le dijo – ¡No Diana! el señor se viene a llevar a la Chucha.
La Diana puso cara de espantada y se quedó quieta un rato, pero cuando el gordo me puso el mecate en el cuello otra vez se puso a ladrar y a gruñir, tan fuerte que salieron los chamacos de la casa y la más grande preguntó – ¿Qué pasa mamá?
Y la mamá les dijo – Perdónenme hijos, pero tengo que vender a la Chucha…
De repente todos me voltearon a ver, y uno de ellos gritó – ¡No mamá, la Chucha es nuestra amiga! – Y la mamá contestó – Lo siento mis hijos pero es necesario. Todos se pusieron tristes y el más chiquito se puso a llorar.
Ahora trepada en la camioneta, sin saber a dónde me llevan, yo  no se que me duele más: si haber visto  llorar a los chamacos, o haber escuchado el aullido más triste que le he oído a la Diana, o enterarme de que yo era una marrana, cuando toda la vida había creído que era “la mejor amiga del hombre”. Pero tal vez lo peor fue enterarme el mismo día de que a  los marranos no los crían porque les tengan amor como a los perros, sino que lo hacen para que se pongan gordos, y entre más gordos estén… más dinero les dan cuando los venden, y luego sabrá Dios que hagan con ellos. Oí decir algo de las carnitas…
Siempre pensé que iba terminar mis días como la Diana me dijo que lo íbamos a hacer, ella decía – Vamos a vivir aquí hasta que seamos muy viejitas, hasta el último día vamos a jugar con los niños, a correr con la jauría y a ladrarle a los extraños para cuidar nuestra casa, pues esa es nuestra obligación. Cuando nos muéramos nos van a enterrar en el patio y van a llorar por nosotros.
La Diana lloró, la mamá y los niños también, pero nadie me va a enterrar. Ahora se ha detenido la camioneta y abrieron la puerta para que me baje, se acerca un muchacho y  el gordo le grita – A ver tú chamaco inútil ayúdame a bajar este chochino que me costó un montón de trabajo subirlo porque no’más no se deja – El muchacho me jala el mecate, y yo no me quiero bajar, yo quiero que esto acabe y regresarme a mi casa.
El gordo le dice al chamaco – Mira qué bueno está este pa’ la paila, dicen que corria mucho porque se creía perro – El chamaco se ríe y yo chillo. Y no chillo porque me estén jaloneando tan feo, chillo porque siento que me muero de la tristeza. Yo a penas anoche era un perro…
El chamaco, se ve contento, yo no entiendo como alguien puede estarse riendo cuando va a ver una muerte. La única vez que he visto una muerte, es cuando el abuelo de los chamacos se calló en el patio, porque le dolió su corazón tan fuerte que se le detuvo. Ese día todos estaban bien tristes, también la Diana y yo estábamos tristes y lloramos porque el viejito era bien bueno.
Ahora yo sigo gritando mientras me arrastran en este suelo que no conozco, chillo porque tengo miedo… Tengo mucho miedo…
Ahora estoy en frente del viejo grasoso, quien tiene en las manos un cuchillo bien grande, que más bien parece un machete…. ¿Qué va a pasar?
Mejor no voy a pensar en nada ¡qué forma tan triste de morir tenemos los cerdos! Yo no hubiera querido una muerte así, yo hubiera querido morir como los perros…
Ya no quiero pensar, pero de repente una idea ha caído en mi cabeza… Es una idea feliz.. Yo quería morir como un perro pero lo más importante no es cómo voy a morir, sino como he vivido… Yo viví feliz como un perro, y disfruté la vida corriendo, cómo tal vez ningún cochino lo ha hecho.
Si hubiera vivido como un cerdo, todos los días habría estado pensando sólo en comer y en dormir, con el miedo de ver algún día este cuchillo. Habría sido muy infeliz, y ni habría vivido, porque vivir sabiendo toda la vida lo que yo supe hasta hoy ha de ser como no vivir…
Ahora sé que no importa lo que la gente diga qué eres, lo que importa es lo que tu realmente eres, lo qué eres dentro de tu corazón y la forma en la que vives… no importa más si quieren que muera como un cerdo, porque yo siempre he sido un perro, y voy a morir valiente y fiel como un perro.
” Ese puerco estaba llorando, -pues si señor en su ojos se veía una infinita tristeza”
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